22 septiembre 2017

¿Qué nos dice el espejo?

Autor: Ignacio Larraechea

¿Qué nos dice el espejo?

Con todo lo reprobables que son las prácticas de colusión y corrupción en general, es llamativo ver cómo reaccionamos con tanta facilidad viendo la paja en el ojo ajeno, como si el propio camino no estuviese lleno de mentiras, fallas, negligencias y hasta delitos.  ¿Cuántos de ellos son conocidos, delatados, castigados? Sólo los que salen a la luz pública, descubiertos o, como ocurre últimamente con infracciones a la libre competencia, auto-denunciados.

Nuestra impresión es que en pocos años más los chilenos sabremos agradecer el trabajo de las fiscalías (en vez de lamentar “lo que nos está pasando”) y reconocer que estos golpes eran necesarios para mirarnos al espejo, avergonzarnos, y desde ese lugar comenzar a construir un país del que nos podamos enorgullecer. Por los casos que hemos conocido últimamente (el  financiamiento irregular a la política, las colusiones de precios),  al parecer se han instalado prácticas empresariales transversales que no resisten análisis.  Más allá de castigar a los pecadores – algo que está ocurriendo vía sanción administrativa y también por la condena social – lo que tenemos es una nueva oportunidad para asumir que, cuando nos ampara la opacidad, somos capaces de transgredir leyes, normas y principios que supuestamente todos aceptamos.

La ética, que hoy se empieza a poner en la malla curricular de carreras como Ingeniería Comercial, Civil y Derecho, está debilitada por un doble estándar que es endémico en Chile y nos atraviesa como sociedad, expresándose tanto en lo pequeño y cotidiano como en los más influyentes círculos de poder.

Tras haber tenido duros aprendizajes, en casos como Enron, Nike y otros, que endurecieron las normativas en sus mercados, las empresas transnacionales parecen haber avanzado y hoy tienen sistemas de control y complience más estrictos que las locales. Aunque el reciente caso Volkswagen demuestra que aún los más altos estándares de “cumplimiento” a veces no son eficaces frente a la ambición desmedida de algunos directivos.

Una de las grandes lecciones de estos días es que no basta decir que un grupo de ejecutivos faltó a la confianza del directorio, porque una de las responsabilidades del gobierno corporativo es velar  por un ambiente ético al interior de su compañía. Es deber de un liderazgo sintonizado con los intereses de los accionistas y todos los públicos de interés de la organización, no sólo elegir a profesionales por su capacidad técnica sino también por un ineludible compromiso valórico. Es responsabilidad de ese directorio poner los incentivos correctos y tener un sistema adecuado de control, seguimiento de prácticas y mantención de una cultura que no se deje permear por el atajo, la coima o la codicia.

En este clima de extrema desconfianza, que se agrava cada vez más con sucesivos escándalos, en ACCIÓN hemos decidido trabajar en el sentido contrario. A la fecha, ya tenemos una veintena de empresas comprometidas con el programa +Probidad, un esfuerzo colaborativo en pro del fortalecimiento de políticas y prácticas relativas a probidad empresarial; esto es, gestión de  anticorrupción, conflictos de interés, libre competencia y consecuencias.

Creemos que el más reciente escándalo es uno más que golpea la credibilidad de las empresas y probablemente, no sea el último.  Por eso, más que seguir lamentándonos o acusándonos, se abre hoy una gran oportunidad de ver, sincerar las malas prácticas y echar luz sobre cualquier comportamiento irregular. Mirarnos de una vez al espejo y abrir espacio a un escenario mucho más consciente y privilegiado para hacer cambios profundos.

 

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