Sostenibilidad
10 de febrero de 2022
El Materialismo como Solución / José Carlos León

Afirma el profesor Ritzer (2018: 176) que, en el fondo, Marx consideraba el Capitalismo como algo positivo y que como dice Tom Rockmore (2002:96) había que “liberar a Marx del marxismo”. Por ello no voy a dedicar mucho más espacio al debate político o partidista y me voy a centrar en las cuestiones puramente sociológicas para extraer de estas dos afirmaciones una visión positiva del mercado y del materialismo.

Superar el Capitalismo sin derribarlo

Haré una propuesta desde la crítica constructiva pues, como afirmaba el propio Marx, el Capitalismo supuso un avance sobre los sistemas anteriores, especialmente el feudal —donde el trabajador más que explotado era propiedad directa del señor— y era lo que impulsa a “revolucionar de continuo los medios de producción y la transformación de la sociedad” (ibid). La cuestión es que, para el filósofo alemán, se trataba de una evolución insuficiente y aspiraba a una revolución que acabara con todo el sistema, partiendo desde cero y repartiendo la baraja de nuevo. Y ahí es donde, en mi humilde opinión y en lo demostrado por la historia, allí donde se intentó, se equivocó. Porque la siguiente etapa en el desarrollo social y económico no es el fin del Capitalismo sino una nueva versión, que asuma muchos de los postulados marxistas, pero reconozca otras realidades inherentes al ser humano. Concretamente, el materialismo al que la gran mayoría, en el fondo, no está dispuesta a renunciar.

Materialismo, Fetichismo y Cultura Objetiva

La cuestión esencial en el debate también nos remite al viejo Karl ¿Podríamos vivir como vivimos si en lugar de producir a cambio de dinero siguiéramos como en el pasado, produciendo cada uno sus mercancías e intercambiándolas en el mercado entre nosotros? Es decir, ¿puede una ciudad de millones de habitantes no organizar su economía de forma especializada y desligada de los medios de producción propios? Porque todo el problema de la alienación del trabajador parte de esa premisa: el valor de uso frente al valor de cambio, y quién posee los medios. Y como más tarde estudió Simmel, el dinero no es más que una forma de intercambio infinito. Una forma de interacción y socialización que cuenta con muchas consecuencias negativas, como la cosificación o la apatía que hace tabla rasa con todo lo humano y lo divino, que nos deshumaniza en lo que él llamó la Tragedia de la Cultura. Pero que también aportó numerosas ventajas, como la racionalización y hasta cierta libertad del trabajador y del consumidor, imposibles en otros sistemas. Y es que en esa constante contradicción y dialéctica en la que nos movemos como sociedad, la cuestión fundamental es cómo organizamos mejor dos componentes vitales: la división del trabajo y qué hacemos con lo que producimos.
No voy a tratar de enmendar a los innumerables sociólogos y antropólogos que han tratado de arrojar luz y proponer sistemas de acción desde Durkheim a Weber o el mismo Ritzer con el que comenzaba esta columna, autor de la conocida obra La McDonalización de la Economía. Pero sí tratar de hacer un ejercicio de sinceridad y realismo positivista, proponiendo que utilicemos esa tendencia al fetichismo materialista para convertir el producto de nuestro trabajo en algo que merezca la pena. Por seguir citando a clásicos, convertir a la “Clase Ociosa” descrita por Thorstein Veblen (1857-1929) en “Clase Consciente”. Que ese deseo que tenemos la inmensa mayoría de consumir objetos —la Cultura Objetiva de Simmel— sirva al mismo tiempo para que quienes los produzcan se sientan útiles y realizados en sus trabajos. Es decir, dejen de estar alienados. Ya que el concepto de explotación, en las sociedades democráticas liberales modernas, con fuerte impacto de las reclamaciones sindicales y cada vez mayor respeto y protección al trabajador, hace tiempo que es discutible.
Aceptemos que, en un mundo superpoblado, básicamente urbano, la división del trabajo y el dinero son necesarios. Aceptemos también que no debe haber explotación o esclavitud de unos seres humanos sobre otros, que debe tratarse de llegar a acuerdos libres en una sociedad industrial y no combativa, según las definió Spencer. Y reconozcamos que podemos sentirnos útiles en un trabajo voluntariamente elegido, donde nos permitan expresarnos y aportar, recibiendo un valor justo por ello con el que podemos cambiarlo por las infinitas posibilidades a nuestro alcance. Cómo, cuándo y por qué empleemos ese valor de cambio, se convertirá en qué lo usemos. Y de esa forma, el mundo de las ideas se hará tangible, o lo que es lo mismo, nuestras ideas positivas y deseos de cambio se harán materialistas. Y habremos hecho del problema la solución.