Cuando soplan vientos de guerra, hablar de sostenibilidad puede parecer ingenuo para unos, y tal vez fuera de lugar para otros. El año 2026 ha comenzado de manera abrupta. Operaciones militares que transgreden el derecho internacional, guerras que se prolongan, presiones por territorios, recursos naturales y tecnologías críticas en distintos continentes suman variables a un clima geopolítico que muchos describen como una policrisis: un entramado de tensiones que se refuerzan entre sí.
Las grandes potencias reconfiguran sus áreas de influencia hacia un mundo multipolar que se torna cada vez más inestable. En los círculos políticos se habla crecientemente de una guerra híbrida de alcance global, donde la confrontación militar -convencional o no- se entrelaza con ataques cibernéticos, presiones energéticas y operaciones de desinformación, desdibujando la frontera entre la paz y el conflicto.
Mientras los titulares se concentran en los posibles frentes bélicos, en las salas de directorio se reinstala una vieja pregunta, a veces de manera explícita y otras, de forma soterrada: ¿qué lugar ocupa hoy la sostenibilidad cuando la agenda global parece dominada por la fuerza y la dominación geoestratégica?
Cuando la atención pública se enfoca en conflictos armados, seguridad nacional y control de recursos críticos, los riesgos sociales y ambientales parecen perder prioridad en la agenda y visibilidad en los medios. El multilateralismo se debilita, las instituciones internacionales evidencian sus límites y el cambio climático vuelve a percibirse como un problema relevante, pero postergable frente a urgencias inmediatas. Se instala entonces en el mercado una lógica de corto plazo y repliegue defensivo para la supervivencia. El foco empresarial vuelve a la continuidad operacional, el aseguramiento del abastecimiento y la reducción de riesgos. Todo aquello que apele al largo plazo o a transformaciones estructurales comienza a verse con sospecha, como distante, abstracto o incómodo.
Sin embargo, este nuevo desorden mundial no es solo político o militar. Las nuevas disputas se libran en otros campos de batalla: los puertos y las rutas marítimas, los yacimientos, el ciberespacio, la IA, las redes sociales. Por ello, la sostenibilidad corporativa adquiere un significado más amplio y profundo. Requiere ir más allá del cumplimiento y la elaboración de reportes. Implica desarrollar capacidades prospectivas para anticipar escenarios, comprender interdependencias críticas, interpretar riesgos sistémicos y fortalecer la resiliencia organizacional y territorial en contextos de alta incertidumbre.
En un tiempo en que los poderes se reordenan, las confianzas se erosionan y antiguas certezas se derrumban, las empresas que carezcan de esta mirada quedarán especialmente expuestas. No solo a riesgos ambientales o sociales, sino a disrupciones profundas que comprometen su viabilidad, su legitimidad y su relación con los territorios en los que operan.
Para quienes trabajamos en sostenibilidad, este momento histórico plantea un exigente desafío. La fragmentación con la que muchas veces respondemos a la complejidad puede terminar reproduciendo el problema que intentamos resolver. Necesitamos aportar perspectiva estratégica, sostener las tensiones y navegar la incertidumbre sin perder coherencia ni sentido.
Tal vez la pregunta de fondo no sea si la sostenibilidad sigue siendo relevante, sino cómo se transforma su papel en este nuevo ciclo histórico. En un mundo cada vez más fragmentado e impredecible, la sostenibilidad se vuelve menos cosmética y más sistémica, pero también mucho más necesaria. Quizás el mayor riesgo de este tiempo no sea su irrelevancia, sino reducirla justo cuando más capacidad de anticipación, comprensión y reflexión necesitamos de ella como brújula estratégica.