Sostenibilidad
16 de junio de 2026

Magnifica Humanitas: un punto de inflexión para la sostenibilidad corporativa

En medio de la euforia que genera la inteligencia artificial, hay algo que empieza a hacerse evidente, y es que estamos frente a una conversación que no es solo tecnológica, sino profundamente humana, y la encíclica Magnifica Humanitas recientemente publicada y escrita por el Papa León XIV nos lo recuerda con claridad. El verdadero desafío no es cuánto podemos hacer con la tecnología, sino si seguimos siendo capaces de “permanecer humanos” en medio de ella, advirtiendo que la tecnología no es neutra, ya que refleja los valores de quienes la diseñan, financian y utilizan.

¿Cuál será el rol de las empresas en este contexto? Este punto se vuelve especialmente relevante cuando miramos con mayor atención las externalidades negativas que podrían surgir de un uso intensivo de la IA. La automatización promete eficiencia, pero también puede implicar desplazamiento laboral, pérdida de sentido del trabajo y nuevas formas de desigualdad entre quienes logran adaptarse y quienes quedan fuera: “La necesidad de seguir el ritmo de la tecnología puede erosionar el sentido de la propia capacidad de obrar de los trabajadores y ahogar las capacidades innovadoras que están llamados a aportar en su trabajo”, Magnifica Humanitas 150.

A esto se agrega un fenómeno más estructural, como es la concentración del poder tecnológico, donde los sistemas que organizan la información, las decisiones y las oportunidades están en manos de unos pocos. La encíclica advierte precisamente ese riesgo, la posibilidad de que la tecnología, si no es adecuadamente orientada, termine generando nuevas formas de pobreza y exclusión: “Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”, Magnifica Humanitas 95.

Pero la inteligencia artificial también abre oportunidades enormes para un protagonismo empresarial que busque mejorar la vida de las personas, desde la salud hasta la educación, pasando por la gestión del capital natural o la seguridad laboral. Ya no bastará con solo mitigar impactos negativos, sino también se tratará de usar la capacidad de innovación y escala de las empresas para generar valor más allá del negocio, mirando esta transformación como una palanca para contribuir activamente al bienestar de las personas.

Eso supone decisiones prácticas y exigentes. Implica orientar el uso de la tecnología hacia soluciones que reduzcan brechas, fortalecer procesos de reconversión laboral en lugar de ignorarlos, y diseñar modelos que utilicen la inteligencia artificial para complementar —y no reemplazar indiscriminadamente— el rol humano. En definitiva, implica reconocer que la eficiencia por sí sola no es un fin suficiente, si no está al servicio de una noción más amplia de desarrollo, un desarrollo sostenible.

Tal vez por eso la pregunta que subyace no es técnica, sino profundamente estratégica. En este nuevo escenario, no basta con preguntarse qué es posible hacer, sino qué es correcto hacer y cómo crear valor humano haciéndolo. ¿Cuál alternativa deberíamos tomar? La buena noticia es que quienes llevamos años trabajando en sostenibilidad corporativa sabemos, en lo esencial, cómo se responde esa pregunta. Sabemos que el camino es aquel que pone a la persona y su entorno en el centro, que asume responsabilidad por los impactos y que entiende que el éxito empresarial solo es sostenible cuando va de la mano del desarrollo humano integral.

El desafío, entonces, no es tanto descubrir ese camino, sino decidir —con convicción— si estamos dispuestos a recorrerlo.

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