Hace unas semanas, durante el Encuentro Internacional ImaginaRural en el Parque Cultural excárcel de Valparaíso, recorrí una exposición de arpilleras elaboradas por estudiantes universitarias. Empleando un lenguaje artístico profundamente asociado a la memoria afectiva y colectiva, habían transformado hilos y retazos en relatos sobre sus anhelos de futuro. Eran auténticas expresiones de tejido social hechas a mano, donde cada hebra conservaba su color, mientras la imagen emergía del entramado que lograba construir con las demás.
Desde entonces, aquella imagen vuelve a mí una y otra vez. Conversando en un café con un amigo que durante años lideró la sostenibilidad de una empresa multinacional, me describía cómo había tenido que aprender a articular conversaciones entre actores internos y externos para avanzar hacia un entendimiento compartido de los futuros deseados. Algunas veces le correspondía mediar entre departamentos para alinear políticas de gestión ambiental con objetivos de eficiencia energética; otras, negociar con proveedores o dirigentes comunitarios. Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que estaba describiendo un oficio muy parecido al de aquellas arpilleras.
A lo largo de las últimas dos décadas, a medida que la labor de la gerencia en la sostenibilidad corporativa se ha ido complejizando, sus funciones se han ido especializando y distribuyendo entre distintas áreas del organigrama: la reportabilidad, las relaciones comunitarias, la diversidad e inclusión, la descarbonización, la economía circular o la eficiencia energética. En ese contexto, quienes lideran la sostenibilidad terminan convirtiéndose en traductores entre lenguajes organizacionales distintos. Recolectan información dispersa entre departamentos, facilitan procesos de colaboración, sostienen diálogos a pesar de la desconfianza y el agotamiento.
Como en una arpillera, una parte creciente de su trabajo consiste en tejer vínculos donde otros solo alcanzan a ver compartimentos estancos. Ese tejido rara vez aparece en las descripciones de cargo y, sin embargo, sostiene buena parte de la capacidad de una organización para construir legitimidad.
Una metáfora similar aparece en las palabras del Papa León XIV pronunciadas recientemente en Madrid. Al invitar a preguntarnos qué estamos sembrando, qué florece y qué se marchita silenciosamente en nuestras sociedades, declaró: “(…) es menester un diálogo social que podemos comparar con el arte de tejer redes, que implica encuentro, escucha, diálogo y respeto”.
Me pareció una metáfora especialmente fecunda para pensar el trabajo cotidiano de quienes lideramos procesos hacia la sostenibilidad: una labor que consiste sobre todo en crear las condiciones para que actores con experiencias, responsabilidades e intereses distintos puedan escucharse, comprender aquello que los separa y avanzar en caminos que ninguno habría alcanzado por sí solo.
Muchos de los desafíos que enfrentamos dependen, al menos en parte, de nuestra capacidad para sostener conversaciones donde la diferencia deje de vivirse como una amenaza y pueda convertirse gradualmente en una fuente de inteligencia colectiva.
Del 28 al 30 de agosto, líderes de distintos sectores nos reuniremos en Casa Alvernia, en San Francisco de Mostazal, para un nuevo encuentro de Art of Hosting: Futuros. Durante tres días practicaremos el arte de convocar, sostener y cosechar conversaciones que importan alrededor de una pregunta que atraviesa tanto a las organizaciones como a nuestras comunidades: ¿Cómo activar la sabiduría colectiva para construir los futuros que sí queremos habitar y heredar?
Las organizaciones y los futuros se tejen. Es en las conversaciones donde construimos, hebra a hebra, la confianza para imaginar futuros compartidos. Esa es, precisamente, una de las capacidades más decisivas que tendremos que seguir cultivando quienes trabajamos en sostenibilidad: aprender a tejer conversaciones que abran los futuros que todavía no alcanzamos a imaginar.