Cada vez que se publican las cifras de desempleo, la atención suele centrarse en un único indicador: cuántos empleos se crearon o cuántas personas siguen buscando trabajo. Sin embargo, detrás de ese número existe una realidad mucho más compleja.
Hoy, Chile registra una tasa de desocupación de 9,4%, junto con un aumento de la informalidad laboral, que ya alcanza al 27% de las personas ocupadas. Estos datos no solo reflejan un mercado laboral que enfrenta dificultades para absorber a quienes buscan empleo; también nos invitan a preguntarnos qué tipo de crecimiento estamos impulsando como país.
Chile necesita volver a crecer, recuperar inversión, productividad y dinamismo económico. Pero el punto no es solo crecer, sino cómo hacerlo. El crecimiento será sostenible en la medida en que genere oportunidades reales para las personas, fortalezca la competitividad de las empresas y contribuya al bienestar de la sociedad.
La discusión pública suele concentrarse en la cantidad de puestos de trabajo que se generan, pero mucho menos en su calidad. Sin embargo, la verdadera recuperación económica no debería medirse únicamente por el número de personas que encuentran empleo, sino por las oportunidades que esos trabajos ofrecen para construir proyectos de vida.
Un empleo sostenible es aquel que permite desarrollar capacidades, protege la salud física y mental, ofrece oportunidades de crecimiento y respeta los derechos laborales. Cuando las personas trabajan en condiciones precarias, sin posibilidades de formación o en ambientes que afectan su bienestar, no solo se limita su desarrollo individual. También disminuye la productividad, aumenta la rotación, se deteriora el clima laboral y se debilita la capacidad de las organizaciones para enfrentar un entorno cada vez más desafiante.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha planteado que el futuro del trabajo no dependerá únicamente del crecimiento económico, sino de una agenda centrada en las personas. Esto implica avanzar en tres grandes desafíos: invertir en el desarrollo de las capacidades de las personas, fortalecer las instituciones del trabajo y promover empleos decentes y sostenibles. Más que una aspiración, constituye una hoja de ruta para construir economías más resilientes, inclusivas y preparadas para los cambios que ya estamos viviendo.
Y esos cambios ya están ocurriendo. La inteligencia artificial, la automatización, la transición energética y los nuevos modelos productivos están transformando la forma en que trabajamos y las habilidades que serán necesarias en el futuro. Frente a este escenario, no basta con proteger los empleos existentes. Será indispensable preparar a las personas para los trabajos que vienen.
Esto exige un esfuerzo conjunto entre el Estado, las empresas, la academia y el mundo de la formación. La capacitación continua, la reconversión laboral y el aprendizaje permanente dejarán de ser iniciativas complementarias para transformarse en una condición indispensable para mantener la empleabilidad y la competitividad del país.
Las empresas tienen un rol particularmente relevante en este proceso. Más allá de generar empleo, pueden convertirse en espacios donde las personas desarrollen nuevas competencias, innoven, se adapten a los cambios tecnológicos y fortalezcan su capacidad para enfrentar un entorno en constante evolución. Invertir en las personas no es solo una responsabilidad social; es también una decisión estratégica que mejora la productividad, impulsa la innovación y fortalece la resiliencia de las organizaciones.
Desde Acción Empresas entendemos la sostenibilidad no como un freno al crecimiento, sino como una condición habilitante para que las empresas puedan desarrollarse con más certezas, menos riesgos y mejores decisiones. Y eso también aplica al empleo. Un mercado laboral sólido no se construye únicamente creando más puestos de trabajo, sino generando empleos de calidad, desarrollando talento y fortaleciendo las capacidades que las empresas necesitarán para competir en un mundo cada vez más desafiante.
Porque el futuro del trabajo no dependerá únicamente de la velocidad con que crezca la economía, sino de nuestra capacidad para asegurar que ese crecimiento genere oportunidades reales para las personas.