Sostenibilidad

Entrevista Óscar Landerretche, decano de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile

5 oct 2026

En el XXVI Encuentro de Desarrollo Sostenible de Acción Empresas, Óscar Landerretche, decano de la Facultad de Economía y Neg0cios de la Universidad de Chile, nos invitó a reflexionar sobre las capacidades que Chile necesita construir para impulsar una nueva etapa de crecimiento. En esta entrevista profundiza en el rol de la academia, la importancia de conectar conocimiento, empresa y política pública, y la necesidad de construir una visión de largo plazo que permita al país adaptarse a los cambios tecnológicos y productivos. Te invitamos a conocer su mirada y leer la entrevista completa.

  1. ¿Qué capacidades y habilidades profesionales necesita desarrollar Chile para enfrentar una nueva etapa de crecimiento?

Digámoslo sin rodeos: Chile no tiene un problema de escasez de profesionales, tiene un problema de escasez de capacidades. Hemos producido títulos a escala industrial durante veinte años y la productividad total de factores lleva más de una década plana. Algo no cuadra. Lo que falta no es más gente con diploma, sino gente que sepa hacer cosas complejas en equipo: ingenieros que entiendan de regulación, economistas que entiendan de procesos productivos, gerentes que entiendan de ciencia. La capacidad clave de la próxima etapa es la de combinar conocimientos que hoy viven en silos. A eso se suma algo más incómodo: la capacidad de ejecutar. Chile es un país que diseña bien y ejecuta mal, en el Estado y en la empresa. Las habilidades que necesitamos son las del que convierte un plan en una planta, un piloto en una industria, un paper en una política.

  1. Frente a la IA, la transición energética y las nuevas tecnologías, ¿estamos formando a los profesionales que el país necesitará?

Parcialmente, y con retraso. Seguimos formando para la economía de 2005: extracción, servicios financieros, retail. La transición energética y la inteligencia artificial no son “temas emergentes”; son la economía real de los próximos quince años y ya están aquí. El problema no es que las universidades no lo sepan; es que los incentivos del sistema premian la matrícula sobre la pertinencia, y las mallas cambian a la velocidad de un consejo de facultad. Además, la IA nos obliga a una honestidad brutal sobre qué enseñamos: si una herramienta puede hacer en segundos lo que le pedimos a un estudiante en un examen de tres horas, ese examen mide algo que dejó de tener valor de mercado. Lo que sube de precio es el juicio, la capacidad de hacer buenas preguntas y la de detectar cuando una respuesta plausible es falsa. Eso se forma con más rigor, no con menos.

  1. ¿Qué rol debe asumir la academia para anticipar las capacidades que Chile necesitará?

La academia tiene una ventaja comparativa que nadie más tiene: puede pensar en horizontes de veinte años sin que el próximo resultado trimestral o la próxima elección la apuren. Debería usarla. Eso significa dejar de comportarse como proveedor pasivo de títulos y asumirse como el lugar donde el país ensaya su futuro: donde se prueban las tecnologías antes de que sean rentables, donde se forma a la gente para industrias que todavía no existen y donde se dice en voz alta lo que el mercado y la política prefieren no oír. Anticipar no es adivinar. Es construir la capacidad de adaptarse rápido cuando el escenario cambia, y esa capacidad se llama investigación básica, formación doctoral y libertad para equivocarse. Ningún país se ha vuelto complejo comprando el conocimiento afuera.

  1. ¿Cómo puede la academia ser un puente más efectivo entre empresas y política pública?

Reconociendo primero que hoy es un puente bastante malo, y que la culpa está bien repartida. La empresa chilena históricamente ha preferido comprar tecnología llave en mano antes que desarrollarla con una universidad; la universidad ha preferido publicar en revistas que nadie en el sector productivo lee; y el Estado ha oscilado entre la desconfianza y la indiferencia. El puente no se construye con convenios marco y fotos de firma. Se construye con problemas concretos puestos sobre la mesa: una empresa que necesita descarbonizar un proceso, un ministerio que necesita diseñar una licitación, una facultad que pone a sus mejores cerebros a trabajar en eso con datos reales y plazos reales. La academia puede ser el espacio neutral donde empresa y Estado conversan sin la sospecha mutua que los paraliza cuando se sientan solos. Pero para eso tiene que ganarse esa neutralidad con seriedad, no con equidistancia.

  1. ¿Qué rol puede jugar la academia para generar una visión de largo plazo sobre el crecimiento que Chile necesita?

Chile no tiene hoy una conversación seria sobre crecimiento; tiene una pelea de eslóganes. Un lado repite “certeza jurídica” y el otro “redistribución” como si fueran programas económicos. La academia puede aportar lo que falta: evidencia, memoria histórica y una idea de futuro que no dependa del ciclo político. Los países que crecieron sostenidamente en las últimas décadas lo hicieron con acuerdos de largo plazo sobre qué querían ser, y esos acuerdos se cocinaron en buena parte en universidades, centros de estudios y comisiones técnicas con legitimidad transversal. Nuestro rol es formar a quienes van a tomar esas decisiones, producir el conocimiento que las haga mejores y, sobre todo, recordarle al país que el crecimiento no es un dato de la naturaleza ni un premio a la buena conducta: es el resultado de capacidades que se construyen deliberadamente, durante mucho tiempo y con instituciones que sobreviven a los gobiernos.